6 a 9 de marzo de 2012
Tras abandonar Cusco a media tarde, en una van nos dirigimos hacia Santa Teresa, para iniciar al día siguiente la caminata a Machu Picchu.
Varias horas de curva y contracurva, subidas y bajadas, sumado a un descenso sensible de altura, hacen que el viaje no sea del todo agradable; y eso que viajábamos en los asientos de adelante de la H1 para 12 pasajeros.
Pepe nos tenía inicialmente a nosotros 2 nada más para la excursión. Su economía lo forzó a buscar algunos más para que se le justificara más el trabajo. Consiguió 2 más: Dirk y Xavier, un alemán y un vasco.
Llegamos de noche, cenamos algo y dormimos en lo que parecía una casa grande de familia con varias habitaciones.
Día 1
Arrancamos temprano subiéndonos a un taxi. Si, no empezó como creíamos la cosa, pero simplemente era para acelerar un slalom de asfalto hasta llegar a la ladera montañosa donde empezaríamos a caminar.
Y ahí sí, comenzamos…

El primer día tampoco arrancaría como lo esperábamos, y no solo por cuestiones de traza, sino de grupo.
Una de las paradas que nos habían mencionado era la casa de un anciano de casi 100 años que había conocido al Che Guevara, pero Dirk no quiso parar porque veníamos de parar hace 20mins.
Verán, nosotros sabíamos ya del pasado hippie y místico de don Pepe, y habiendo elegido éste destino, estábamos dispuestos a sumergirnos en una experiencia más profunda que la mera caminata a destino. Imaginarán que Dirk y Xavier no compartían dicha sintonía; ellos sólo querían caminar y avanzar, no les importaba mucho la parte narrativa (súper florida) de nuestro guía.

Mientras nos deteníamos a ver todos los frutos y vegetación que se podía apreciar en esta estación (la seca tiene ventaja de no lluvia, pero sin todo lo que se presenta en la húmeda); cacao, café, flores silvestres (con las cuales incluso Pepe nos dibujaba la cara, etc) hacían de la caminata un camino de descubrimiento infinito.
Pero, así como años anteriores un alúd hizo evacuar todas las inmediaciones, la época de lluvias también trae consigo (además del agua que moja) los caminos anegados.

Dos lugares distintos por donde Pepe llevaba sus grupos estaban arruinados por el caudal de agua que se movía por el lecho del río. Las dos veces recalculamos y, si bien con algún que otro riesgo (innecesario) se podía uno aventurar el cruce, también es sabido que es un camino que se cobra bastantes vidas (silenciadas para no espantar el turismo) y nosotros no estábamos de ánimos de terminar abruptamente las vacaciones.
Subimos al camino en cuanto se pudo, y luego a dedo hasta el poblado en que haríamos noche.

Cenados y, Cusqueña mediante, bajamos a acampar a unos baños termales (no en Aguas Calientes, donde va todo mundo). Las ventajas de ir con un local, es que le tira unas monedas al guardaparque y nos dejó pasar desde el horario de cierre, acampar y pasar la noche allí.

Fue la única noche en carpa, otra de las cosas que nos sorprendió del armado del tour de Pepe; se las ingenió siempre para meternos en lugares donde no hacía falta el armado y desarmado de nada… pero en éste lugar, lo merecía.
Día 2
Ninguno de los dos tiene problema en dormir en carpa. Menos después del trajín del día previo. Y ciertamente habernos metido al agua de noche, apreciar las estrellas y poder escuchar el agua correr a toda hora, ayudaban a que el suelo no se sintiera tan terrible.

Teniendo que desarmar el campamento antes de la apertura del lugar, hicimos un desayuno rápido y ordenamos con celeridad.

Incluso en contra de los fríos representantes del Norte, ansiosos por retomar el caminatón, nos volvimos a dar un chapuzón más. Bueno, al menos uno de los dos…

Con el cuerpo relajado y recompuesto del (ni tanto) maltrato, ya estábamos equipados para la caminata.

Silvina no volvió a usar ese pantalón nunca jamás!
Este día sí que caminaríamos, y bajo una lluvia torrencial. Terminaríamos llegando a la base del tren, y en un último esfuerzo antes de subir a Machu Picchu, nos resguardaríamos en Mandor.

Con, absolutamente, toda la ropa mojada, disfrutamos de una tarde/noche de chocolate caliente (con miel y clavo de olor) y toda historia mítica-ancestral que Pepe podía recordar sobre la civilización Inca.
Día 3
Bastante antes de que saliera el sol, estábamos ya despiertos y listos. Había que hacer el tramo hacia la entrada lo más temprano posible puesto que había que conseguir los tickets de ingreso al parque (hasta 2000 a la fecha; se consiguen online, pero a Pepe le gusta vivir al límite con sus grupos), además de aprovechar el día y el lugar sin tanta gente.
No arrancó siendo una mañana alentadora. La lluvia nos acompañó desde temprano, y tras una importante subida en escalera (hay zigzag asfáltico para autos, pero es más largo si lo caminas, claro), llegamos al parque, y seguía horrible.
Nos mirábamos incrédulos, la desazón era indisimulable, pero había que ponerle onda, ya estábamos ahí.

Pepe consiguió rápidamente los pases y nos presentó a quien sería nuestro guía dentro del mismo (ahí sí, solo pueden operar los oficiales, que la verdad no tienen muchas cosas para resaltar).
Las primeras vistas fueron un tanto… decepcionantes. Llovía, estaba todo entre nubes, apenas se veía a unos metros de distancia. Pero por suerte, con el correr de las horas fue despejando, y hasta terminó siendo un más que aceptable día.

De abajo hacia arriba se apreciaba mucho más la construcción que viene manteniéndose desde el Siglo XV.

Y nosotros empezábamos a ver la recompensa del esfuerzo puesto en nuestros pies.

Tras unas vueltas por el antiguo pueblo andino, nos enfilamos hacia la subida del Huayna Picchu. Silvi no es muy afecta de las alturas y el camino es realmente peligroso. Si a esto le sumamos las nubes… en fin. Subimos, pero no pudimos lograr la vista deseada. De todas formas fue un lindo lugar donde tomar un respiro, descansar y contemplar el lugar, conversando sobre lo alcanzado y haciendo balance del viaje hasta el momento.
Pasado el horario de almuerzo, la temperatura bajó abruptamente. Decidimos estar satisfechos con los visto y recorrido. Bajamos nuevamente a Mandor, visitamos la cascada y el botánico que conservan los dueños del refugio camino a ésta.

Siguiendo un poco más, acabamos saliendo del lugar entrada la noche. Extenuados, pero sin perder las energías para seguir adelante. Los pies mojados, la ropa ensopada, haciendo más peso que otra cosa, y las mochilas atrás.

Es, definitivamente, el cansancio que venimos a buscar de vacaciones. Ya habrá tiempo para descansar en la oficina…
Día 4
Al despertar de donde fuese que pasáramos la noche (hicimos el esfuerzo de recuperación diferida y no hubo caso, se vé que nos cansamos de vedad) nos subimos a una van para emprender el retorno a Cusco.
Pepe ofreció parar en Ollantaytambo, un pueblo del Valle Sagrado situado junto al río Urubamba, entre montañas. Dirk siguió hasta Cusco, los demás bajamos a recorrer.

Es conocido por las ruinas, una enorme fortaleza inca con grandes terrazas de piedra en una colina.

El casco antiguo del pueblo es una cuadrícula de la época inca con calles adoquinadas y edificios de adobe. En una de ellas, nos metimos a probar la verdadera chicha (fermentación no destilada de maíz)…

… nadie terminó su vaso, pero lo intentamos.
Lo que sí llegaba a su fin, era este tramo de viaje. De mochila, de caminata, de descubrimiento y aprendizaje.
Pudimos ver y probar una selva viva, con granos de café, cacao, 12 tipos de banana y frutos que desconocíamos. Pudimos aprender de un guía que vive como dice y siente la naturaleza con pasión y empatía. Pudimos caminar las pasarelas del Valle Sagrado de Machu Picchu, palpar sus piedras y sentir su inmensidad.
Pudimos llegar caminando, algo que nos propusimos antes de tener hijos, antes de envejecer y no poder, o incluso antes de que lo cierren por mal uso. Ojalá, podamos volver.