4 al 5 de marzo de 2012
Apenas asomaba el sol y ya aterrizábamos en Cusco. Era bien temprano y debíamos encontrarnos con Pepe Arrospide, quién no sólo nos había conseguido un hotel donde pasar la noche y dejar las valijas para ir a Machu Picchu, sino que también sería nuestro guía.
Existen varias maneras de hacer el sendero hacia Machu Picchu; la excursión oficial, si bien nos la han recomendado varios, no deja de ser excesivamente cara y de grupos muy grandes. Pepe (recomendado por Fer, el hermano de Silvi) nos ofrecía 4 días de dedicación casi exclusiva, con un recorrido propio y parando a gusto, además de sumarle experiencias personalizadas.
Pero ya nos sumergiremos en Machu Picchu… ahora toca subirnos a los 3.400msnm que nos ofrece Cusco.
Una ciudad a la altura de su historia
Denominada la Capital Histórica del Perú, Cusco (o Cuzco) encierra tanto y en tan poco espacio que no hay rincón libre de asombro.

Tras encontrarnos con Pepe y ubicarnos en un hotel a la vuelta de su oficina, dejamos las valijas y nos dispusimos a patear la ciudad.
La habitación era un 3er piso por escalera, así que la altura se hizo sentir desde temprano.
Subir unos cuantos metros nos bajaba la temperatura, así que nuestro mate empezó a hacernos compañía.

Para paliar los efectos de la altura no tomamos nada. Están las pastillas de soroche y algunos tés locales, pero el primer día lo hicimos tranquilos. Nos turnamos para sentirnos mal, así que siempre pudimos continuar.

Lo llamativo de este lugar es que hay historia en cada rincón. Cuando te metés por las callecitas te ofrecen de todo. Una de las cosas que queríamos traernos era un mortero (chico) para la cocina. Entramos a preguntar en uno de los locales de artesanos y, como hablándonos en secreto, la señora nos pidió que la acompañáramos adentro de su hogar… y nos preguntó: Inca o Pre-Inca
Resulta que, al construir sus casas, si encontraban restos de civilización antigua el Estado les expropiaba el terreno, impidiendo la construcción, así que gran parte de los hallazgos simplemente se callan y se venden.
El tamaño de los morteros que nos mostró no entraban ni en la valija. Eran realmente reliquias, y tenía por lo menos 30 de ellos. De momento no se nos justificaba semejante utensilio de cocina, además seguramente nos hubiese traído problemas en algún que otro control aeroportuario.

El apartado culinario se mantenía en un nivel superlativo. La simpleza de las recetas con lo original de su mix de sazones nos hacían querer parar a comer a todo rato… pero bueno, low-cost lifestyle no lo permite.

Sus calles nos enamoraron. Su gente, tan correcta y amable, no nos hizo sentir tan fuera de casa, sino todo lo contrario.
Poco tiempo para tanto
Cusco fue un gran aprendizaje para nuestros viajes futuros. Fue el primero, teníamos claro qué queríamos hacer, pero no le habíamos puesto mucho esmero en la parte de averiguaciones previas.

Por suerte, Pepe, nos sumó un día más de compañía el día posterior a la vuelta de Machu Picchu, y nos guió hacia unas ruinas en la parte alta de la ciudad, en donde tiempo atrás se hacían ceremonias y sacrificios.

Pudimos ver, a la vuelta, los techos color ladrillo apilados uno tras otro, con ese fondo de montaña viva y esas nubes que nos acompañaron en esta temporada de lluvias, pero que no nos coartaron el viaje.
Nos quedó corta la visita, volveremos…