15 de abril de 2011
Más temprano que de costumbre, amanecimos, desayunamos y nos sentamos en recepción a esperar el bus que nos llevaría a la excursión del día: Chichén Itzá.
Poco y nada sabíamos del lugar, pero estando a pocos kilómetros y teniendo como única actividad comer, beber, reposar y dormir, nos pareció una buena idea para romper el ritmo sedentario que veníamos llevando en el Krystal Cancún.
Si estás en la ‘Isla de Cancún’ todo es all-inclusive, hasta las excursiones que de ahí salen.
Si bien estuvimos un buen rato esperando, la buena noticia es que fuimos el ante-último stop hotelero, una vez que terminó de recoger a los últimos pasajeros del hotel de al lado, nos pusimos en marcha directa hacia destino; había gente que llevaba más de una hora ya en el bus, así que nos consideramos afortunados (seguramente a la vuelta la suerte sería inversa, pero confiábamos estar cansados y dormidos para ése entonces).

El tour era también all-inclusive al parecer; nos ofrecían bebidas y comida durante el camino… y bueno, ya era la hora de la primera Corona, así que aceptamos.
Mezcala técnica
Previo a la llegada a Chichén Itzá nos ofrecieron parar en una destilería de Mezcal, bebida alcohólica tradicional mexicana en base a agave o maguey (nos enteraríamos ahí que el mismo Tequila es en realidad una variedad de Mezcal).

El recorrido era corto y sencillo. Primero por una plantación de agave (símil piña pero de gran tamaño) y luego por el interior de la fábrica, en donde se podía ver la destilación del mismo.

Luego un pequeño gift-shop agregaba algunos chocolates regionales de gran porcentaje de cacao y hasta con picantes varios… muy distintos a los que uno está acostumbrado, ricos, pero para degustación nomás, nada de comerse una tableta entera.
Boca del pozo de los brujos del agua
Eso sería en maya; para los amigos: Chichén Itzá.
Dividieron el contingente del bus en dos al momento de llegar: inglés y español. Nos tocó Beto, en español…

Hacía calor y se sentía. Comenzamos el recorrido por el famoso e icónico Templo de Kukulcáhn, pirámide que se encuentra en el centro del complejo de Chichén Itzá. Notamos que ya no se podía subir, y que al parecer era una medida bastante reciente para preservarlo; naturalmente lo lamentamos, pero entendimos y seguimos.

Algunos de los datos de color que nos aportó Beto estaban más que nada referidos al equinoccio de primavera y otoño, y el efecto del sol generando el descenso de la serpiente por la escalera en una u otra punta según el momento del año. También nos contó del eco que generaba la estructura al aplaudir, si uno se paraba de frente, similar al sonido del quetzal. Naturalmente bastante historia del lugar y la herencia maya.

Sin embargo, comparándolo con guías de otros grupos, el nuestro era serio por demás. Mientras escuchábamos otros contingentes pasar y a sus guías entusiasmados contando de la magia de aquella civilización y las historias que se transmitieron de generación en generación, ensalsando cada detalle del lugar, el nuestro, Beto, sólo decía que muchas historias se armaban en torno a los mayas pero que, lamentablemente, muy pocas podían comprobarse, así que eran simples invenciones.
Ok, ambos defendemos la ciencia, pero hay lugares en donde uno quiere soñar… un poco de magia no viene mal, sobretodo en vacaciones.
Continuamos por el parque de Juego de la Pelota (antecesor del fútbol quizás) y seguimos camino al Cenote Sagrado, uno de los 2 que hay en el parque.

Luego completamos la visita por el Grupo de las Mil Columnas, un tiempito libre para darle una vuelta más y, antes de derretirnos, al bus para continuar.
Chapuzón Cenote
Y como completar el día sin meternos en uno de los tantos cenotes que habitan la zona…

Tras una breve caminata desde el parking a la escalinata que nos metía de lleno en el cenote, una música se filtraba en los oídos apenas se cruzaba el umbral; una grupo de música originaria vestidos al tono generaban ese ambiente de magia que no supimos tener en Chichén Itzá.

El haz de luz que penetraba el pozo desde la cima y caía justo sobre la plataforma central te hacían sentir en un lugar especial.
A medida que bajábamos la visibilidad se reducía y, si bien a los pocos minutos uno se iba acostumbrando para ver cada vez más, el agua no dejaba de ser un espacio negro al cual zambullirse y confiar.

Lo hicimos. Brevemente, porque teníamos unos pocos minutos para visitarlo, pero lo hicimos. La sensación es extraña, sobre todo porque uno no está con los minutos contados en un lugar que amerita un tiempo más de mentalización y de hacerse uno con el lugar.
De todas formas estuvo bien, y bastante completo a nivel excursión. Volvimos conformes. Cansados, pero habiendo disfrutado un gran día. Y, a diferencia de lo que hubiésemos hecho en el hotel, nos resultó más llenador a nivel experiencial.